viernes, 22 de septiembre de 2017

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

El hecho de que la problemática venezolana se haya situado literalmente en el ojo del huracán en el foro mundial de las Naciones Unidas, nos habla de las dimensiones del trance que actualmente atraviesa nuestro país.

Más allá de las consideraciones particulares que merezca de parte de cada quien esta destacada noticia, el hecho mismo de que haya sucedido nos habla de que ya es innegable la repercusión mundial de lo que sucede en estas tierras.

Que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya dedicado varios minutos a nuestra patria en su primera intervención ante la ONU, ha sido una noticia que ha dado la vuelta al mundo, colocándonos una vez más entre las informaciones más destacadas de la jornada, no solamente debido al hecho de que estemos pasando por un trance tan complejo, sino también a los niveles a los cuales ha llegado la inquietud por lo que sucede.

Trump realizó una afirmación que ha sido particularmente recogida por quienes reseñaron su intervención, y es aquella de que “El problema de Venezuela no es que hayan implementado mal el socialismo, es que lo implementaron al pie de la letra”.

Una sentencia de muchas aristas, que tiene damasiada tela para cortar. Tanta, que queremos localizar el foco sobre un matiz particular, y no para afirmar, sino para reflexionar y que cada quien saque sus conclusiones.

Según lo expresado por el mandatario estadounidense, podríamos concluir que nuestra patria no habría llegado a este estado de cosas por impericia de los gobernantes, sino –muy por el contrario- como parte de la ejecutoria de un plan que buscaría desmantelar la estructura del país para así poder dominarlo y someterlo.

Estamos, como dije líneas antes, literalmente en el ojo del huracán y por encontrarnos justamente en el momento más álgido, nos hallamos muy lejos de poder sacar conclusiones sobre lo que nos sucede.

Un diagnóstico al respecto solamente se podrá hacer con la distancia que brinde el tiempo, cuando quizá tengamos acceso a elementos que sin duda hoy permanecen solapados por el calor de los acontecimientos.

Otra intervención presidencial que mereció ser destacada, fue la de nuestro vecino de Colombia, Juan Manuel Santos. El accionar de este jefe de Estado ha sido cuestionado por unos y otros en el marco del devenir de los asuntos venezolanos.

Desde nuestro punto de vista, Santos opera políticamente y con pragmatismo. Unas veces nos gusta y otras no, esa es la realidad del ejercicio del poder. En esta oportunidad, su voz como el máximo representante del país más hermano del nuestro, suma a las alarmas que se encienden respecto a nosotros en el mundo.

Otras voces que se han sumado en el coro internacional son las de los mandatarios de Brasil, Michael Temer y de Argentina, Mauricio Macri; amén del mandatario peruano Pedro Pablo Kuczynski, quien convocó una reunión de las naciones que conforman el Grupo de Lima y cuya posición sobre lo que vivimos es por demás conocida. 

Trump también trató el caso venezolano en una cena en Nueva York con Macri, Temer y el dignatario panameño, Juan Carlos Varela.

Lamentablemente, desde el gobierno venezolano, la lectura de este acontecimiento es simplista, preconcebida y anacrónica.

Desempolvar el superado episodio de la guerra fría para afirmar que se está editando nuevamente y además creer que la autodenominada revolución es el ombligo de esta supuesta reedición, nos explica por qué no hay manera de que las cosas caminen hacia adelante en el país. 

El liderazgo oficialista insiste en crear una épica ficticia para negar la realidad, y sin duda el primer paso para modificar a esta, es reconocerla. Seguimos presenciando justificaciones y la construcción de elucubraciones de diversa índole para otorgarle una fachada y un barniz al fracaso de un proyecto político.

Fracaso que se mide directamente por la confiscación del bienestar de la gente que todos vemos en la calle, porque todos lo padecemos por igual.

En conclusión, el feedback que nos da la comunidad internacional, subraya la urgencia de encontrar una salida al punto muerto en el cual se halla nuestra situación. Y no se trata de una intervención internacional, ni mucho menos. Evidentemente, lo que pasa aquí se resuelve aquí y entre nosotros.

Lo que sí es cierto es que todo lo que nos acontece actualmente está cargado de tal intensidad, que rebota a la comunidad internacional. Y que, en tiempos de la odiada globalización se entiende con mucha más claridad cómo somos un planeta entretejido de relaciones sumamente complejas.

El ejercicio de ser reactivos, de responder con justificaciones y acusaciones sacadas del baúl de los recuerdos, ni soluciona ni suma. ¿Buscamos salidas o seguimos apegados a ficciones? Mientras no se tomen decisiones, el tiempo avanza en contra.

viernes, 15 de septiembre de 2017

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Somos un país que viene de regreso de los diálogos. O de los intentos de tenerlos, más bien. En casi dos décadas del gobierno que se autodefine como revolucionario, se nos han ido cerca de tres lustros intentando tender un puente que sirva para encontrar soluciones a una sociedad cada vez más fracturada.

Los resultados, a ojos vista, dejan mucho que desear. Si hubieran logrado sus objetivos, no seguiríamos en nuevos intentos quince años después de las primeras iniciativas.

Y justamente, está en puertas otro encuentro con este fin. Encuentro que, desde que fue anunciado, cuenta con la descalificación de un sector de la ciudadanía.

Y eso es entendible, con el sumario que antecede.

Sin embargo, y a contrapelo de lo que hemos expuesto, desde este espacio apostamos una vez más a la iniciativa. ¿Por qué?

Simplemente, porque ningún intento es igual al anterior. Porque hemos avanzado exponencialmente. Porque, aunque nos veamos en el agujero más negro que nuestra historia recuerde, es justamente esa circunstancia la que le da un peso excepcional a esta nueva posibilidad de sumar a la solución.

Y para muestra un botón. Para quienes desconfían, no si razones, de este nuevo intento de acercamiento, que sin duda trae a la mente fallidas diligencias anteriores, recordamos que Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, vocero y representante de las fuerzas alternativas democráticas en el eventual encuentro, advirtió en que un diálogo formal con el gobierno solo será posible si se cumplen las condiciones planteadas por la oposición y si hay acompañamiento internacional.

“Reitero a Venezuela y al mundo que hoy no hay diálogo y no lo habrá hasta que se cumplan condiciones expuestas en el comunicado” de la Mesa de la Unidad Democrática, escribió Borges en la red social Twitter.

El diputado del parlamento venezolano, Luis Florido atribuyó por su parte a “la presión nacional e internacional” que el gobierno accediera a negociar. Dijo: “Se ha visto forzado por la comunidad internacional que está con pueblo de Venezuela. Llegó la hora de acciones concretas que terminen en una solución electoral. Exigimos el restablecimiento del voto, esto incluye convocatoria a elecciones presidenciales con observación internacional”.

Otro que pintó las condiciones de este nuevo intento de entendimiento, fue el gobernador del estado Miranda, Herique Capriles, quien señaló que la única posibilidad de que exista un proceso de negociaciones con el Gobierno, es que se respete la Constitución, que los venezolanos puedan ejercer sus derechos, que los privados de libertad por razones políticas salgan en libertad, que cesen las persecuciones y los hostigamientos, y que se ponga la fecha de las elecciones pendientes.

Capriles dijo también que para un diálogo debe estar el Vaticano, la Organización de las Naciones Unidas, los gobiernos democráticos con peso e importancia en el mundo con una agenda clara y con garantías.

Como se ve, la dimensión de lo que está en puerta es mucho más compleja hoy que ayer, y adicionalmente presenta condiciones que no habían sido listadas en oportunidades anteriores.

Le apostamos entonces al diálogo como un instrumento de la política, y a la política como la disciplina que nos puede conducir al logro de los más elevados objetivos de la colectividad, intentando atajar en el camino cuanto daño sea posible.

Nunca, nadie puede desestimar la variedad de instrumentos de los cuales podemos servirnos en lo que definitivamente es una pretensión legítima de corregir el rumbo que tantos y tantos venezolanos consideramos errado.

Incluso, cabe y debe caber una combinación de herramientas, para intentar encontrar esa urgente y necesitada luz al final del túnel.
El trecho recorrido durante lo que va de año, deja a la comunidad internacional más pendiente que nunca de Venezuela, incluyendo personalidades e instituciones de innegable peso específico en conflictos como el que atravesamos.

La complejidad de nuestra situación, que no es poca, es sin duda de un peso enorme y nada desestimable a la hora de intentar cualquier vía de entendimiento.

Y, en definitiva, si bien un diálogo es una posibilidad abierta, tampoco se ha concretado. Existen condiciones que no pueden ser obviadas, dada la circunstancia. Y si el canal de entendimiento no puede ni debe cerrase, tampoco es posible renunciar a un marco mínimo alrededor del cual sentarse. Circunstancia que es defendida por quienes nos representan y que es considerada sin duda legítima por los posibles facilitadores y mediadores.

El duro momento venezolano es conocido por todos gracias al esfuerzo ciudadano de protesta y denuncia. Si el diálogo se da como consecuencia de este proceso, puede ser el paso que falta, la solución a este punto muerto que hoy vivimos.

viernes, 8 de septiembre de 2017

 David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Entre las numerosas irregularidades que complican el día a día de los venezolanos, la reiterada complicación para hacerse de dinero en efectivo ha tomado el foco en estos días.

Se trata de una insistente conversación –no sin un dejo de ira- en la cotidianidad nacional. La situación escala a niveles en los cuales es imposible ignorarla y nos obliga a hacer mil maromas y tomar otras tantas previsiones para intentar seguir adelante como si nada, pero no hay manera de hacerlo.

Y no es para menos, ya que todo ello parte del divorcio absoluto entre los precios de los bienes y servicios y el cono monetario existente, lo cual no es más que la variedad de billetes de diferente denominación existentes para que los ciudadanos hagan sus compras.

Todos hemos pasado por el episodio de acudir al mercado y ver que para cualquier alimento que necesitamos comprar, se nos exige una buena cantidad de billetes de a cien bolívares, el de más alta denominación en nuestro país. Uno de ellos, por sí solo, no compra absolutamente nada en este momento.

Siempre queda a mano la transacción electrónica, pero no es posible en todos los casos. Hay momentos, como al abordar un transporte público, en los cuales se debe cancelar en efectivo. La cotidianidad torpedeada por una realidad que no entiende de lo que debería ser, sino de lo que es.

Y como siempre, los funcionarios a cargo de la situación, creen que todo se va a arreglar con órdenes e imposiciones. Pero resulta que las mismas, en la realidad, son totalmente imposibles de ser cumplidas.

Por ejemplo, se dice que se debe tener suficiente dinero en efectivo para hacer los pagos correspondientes a pensionados y jubilados. Algo loable, pero sabemos que esto en la práctica no sucede. Y no sucede porque los hechos no lo permiten, y mandan por encima de cualquier instrucción oficial al respecto.

Y es que las limitaciones de entrega de efectivo por parte de los bancos en general, son un hecho. Pero, justamente por lo complicado del caso, criminalizar a las instituciones bancarias es echar más leña al fuego y demostrar que hay muy poca voluntad de resolver.

Por intentar echarle la culpa al mensajero, no solamente se pierde el foco en la verdadera solución, sino que se convierte la tarea en algo mucho más difícil de lo que ya de por sí es.

Estamos pues, ante una de esas situaciones insólitas, las cuales se intentan arreglar con los llamados pañitos calientes, quedando muy lejos las verdaderas soluciones, que son complejas y profundas. Tan complejas y profundas como el problema que deberían abordar; pero que se evade, que se posterga.

Alrededor de todo este asunto, suceden asuntos realmente indescriptibles, como el reconocido contrabando de billetes a través de la frontera, el cual no ha logrado ser atajado por las autoridades, a pesar de ser conocido desde hace mucho tiempo; y por si fuera poco, la impresión de billetes que ha reportado el diputado y economista José Guerra, que no solamente distorsionan la economía nacional al ocurrir de manera inorgánica, sino que, a todas luces son insuficientes ante la enorme demanda que genera el bajo valor relativo de nuestra moneda.

Por otro lado, no estamos al tanto de la realidad de la inflación en nuestro país, los organismos a cargo de monitorearla no nos informan, como es el caso del Banco Central de Venezuela, cuyo último reporte anualizado de este indicador fue conocido al finalizar el año 2015.

Si no conocemos la realidad, es imposible comprender lo que acontece. Este es un medidor que permite, por ejemplo, planificar la masa monetaria circulante, lo cual es sin duda uno de los factores que tiene que ver con la escasa disponibilidad de billetes, ya que, ni aun imprimiéndolos a toda velocidad, se puede alcanzar la urgencia con la que todos los necesitamos.

El asunto de la escasez de billetes, al igual que la gran mayoría de los problemas que nos tienen contra la pared, se resuelve, primeramente con una buena dosis de voluntad política para resolverlos.

La receta no es para nada complicada: como dijimos, hay que tener el estómago necesario para diagnosticar la realidad, por más descarnada y cruda que esta sea. Y sabemos que lo es.

Luego, tomar los correctivos que sean necesarios, lo cual implica muy probablemente renunciar a creencias, a planes de poder, a apetitos personales, para hacer lo que sea mejor para la colectividad.

Aunque, probablemente, eso sea un torpedo en la línea de flotación en el primer momento, la paz de conciencia lo vale. Y quizá a largo plazo, sea más un activo que un pasivo. Cualquiera que consiga el hilo que nos saque de este laberinto, pasará a la historia de Venezuela con más que merecidos honores.

viernes, 1 de septiembre de 2017

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

El huracán Harvey ha sido la noticia mundial de esta semana, al haberse constituido en el desastre natural más devastador que ha impactado a los Estados Unidos en la última década. 

Los vientos, las lluvias y las inundaciones que han azotado al sureño estado de Texas, escapan a cualquier pronóstico, o mejor dicho, confirman los peores. 

Las aguas en la enorme y pujante ciudad de Houston han llegado a niveles apocalípticos, colapsando los servicios de emergencia y creando una dolorosa situación humanitaria, empezando por el reporte de los treinta fallecidos que se contabilizan hasta el momento, amén de los 30 mil evacuados. 

El fenómeno atmosférico sigue su devastadora trayectoria hacia el vecino estado de Louisiana, y aunque lógicamente pierde fuerza, los expertos afirman que aún puede causar mucho daño. 

El tema, aunque no lo parezca, toca a Venezuela. Y no solamente porque los coletazos hayan precipitado inusuales lluvias sobre nuestro territorio, sino porque cabe la pregunta sobre cómo afrontaría la Venezuela actual cualquier tipo de fenómeno natural. 

Y el asunto viene a colación con más fuerza aún tras el temblor sentido la mañana de este pasado miércoles en la Gran Caracas.

Según informó la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, el movimiento fue de 4,6 y su epicentro se ubicó a 9 kilómetros al norte de Los Caracas, en el estado Vargas, a una profundidad de 5,9 kilómetros.

Funvisis agregó que, tras el primer sismo que se registró a las 10:01 de la mañana, se generó un segundo movimiento sísmico de magnitud 3.9 a 4 kilómetros al norte de Los Caracas. Posteriormente, tres réplicas más se sintieron cerca de la zona del epicentro. 

Como es de esperarse, el fenómeno causó inquietud en la población, porque muchos de los caraqueños no han vivido este tipo de acontecimientos; mientras los mayores recuerdan aquel famoso terremoto que asoló a la capital en 1967 y del cual, se cumplieron por cierto 50 años el pasado 29 de julio. Un aniversario histórico que pasó por debajo de la mesa. Y que era la ocasión para abrir tanto una discusión como una campaña educativa sobre el tema. 

La capital venezolana, como siempre lo hemos escuchado, está situada sobre una falla sísmica que produce eventos de esta naturaleza y calibre cada cierto tiempo, como lo guarda para la historia otro devastador movimiento telúrico: el ocurrido el Jueves Santo de 1812, en plena Guerra de Independencia. 

Para aquel día del año 67 –justamente cuando Caracas cumplía cuatrocientos años-, se registraron más de doscientos fallecidos y dos mil heridos, sin contar con los graves daños que sufrió la infraestructura de la capital y del vecino litoral central. 

Venezuela no es afectada por los huracanes, pero sí por sismos y por otros eventos absolutamente impredecibles, como lo fue el deslave de Vargas de 1999, el cual sí está fresco en la memoria de mucha más gente. 

En medio de la diatriba política que consume el día a día de los venezolanos, en medio de la situación económica que no ofrece síntomas de mejorar, en medio del ejercicio de supervivencia al cual obliga la situación que atravesamos, muchos nos preguntamos: ¿estamos preparados? 

Porque cabe señalar que en el evento que asoló a Texas había la mayor preparación posible para unos seres humanos ante la eventualidad de una contingencia similar. Y sin embargo, fue largamente desbordada por la contundente realidad de esa naturaleza que nos hace sentir vulnerables, por más que nos preparemos. 

Sin embargo, hemos visto reacción rápida, personal entrenado, equipos, y quizá lo más importante: una ciudadanía con un nivel importante de educación, que sabe actuar ante las contingencias, ponerse a salvo y ayudar a otros, con lo cual la cifra fatal sin duda ha sido infinitamente menor de lo que podría haber sido ante semejante furia de un fenómeno atmosférico. 

Aquí, sentimos que el problema no se plantea, y menos aun cuando las prioridades, las urgencias y la agenda política, económica y social nos marcan tantos temas que hay que atender, lo cual le quita el foco a asuntos tan medulares como el que hoy mencionamos. 

Debe ser parte de la agenda y parte de la tarea, porque allí está latente la amenaza de un sismo, y la tierra nos lo recordó hace muy poco tiempo. 

Porque si bien no hay huracanes por estas latitudes, la lluvia también nos juega muy malas pasadas con más frecuencia de la que nosotros mismos aceptamos. 

Y porque en nuestra historia reciente, tenemos suficientes antecedentes como para temer la visita inminente de algunos de estos eventos. 

Sin duda, la preparación para la contingencia puede disminuir sensiblemente los daños, especialmente el sacrificio de vidas, que es lo único que la final del día se constituye en una pérdida irrecuperable.

viernes, 25 de agosto de 2017

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

El reciente atentado ocurrido en la ciudad europea de Barcelona, sacudió al mundo. Y es que esos certeros golpes sin alma a la humanidad, logran su principal objetivo: poner el foco en las agrupaciones que están tras ellos, al costo que sea. Literalmente, de sangre.

La premeditación y alevosía de los cerebros y perpetradores de este monstruoso crimen, se ponen de manifiesto cuando atacan masivamente en zonas con alta concentración de personas, como en este caso La Rambla, el muy turístico sector de la ciudad escogida.

Pareciera que la antiquísima dicotomía de civilización versus barbarie que tan magistralmente retratara nuestro Rómulo Gallegos en su Doña Bárbara, se mantuviera no solamente viva, sino alcanzando unas dimensiones cada vez mayores, que avasallan todo aquello que nos hace humanos.

Younes Abouyaaqoub, el marroquí de 22 años que era el único ocupante de la camioneta blanca que arrolló a más de cien personas y mató a por lo menos trece, efectuó un escape en el que sorteó a varios policías y cobró otra víctima adicional. Increíblemente, Abouyaaqoub se fugó caminando a paso tranquilo, tras cumplir su cometido.

Tras cuatro días, finalmente fue abatido en un operativo de las fuerzas de seguridad.

Los otros cuatro sobrevivientes de la célula yihadista acusada de los ataques, fueron imputados por delitos de naturaleza "terrorista", y uno de ellos admitió que planeaban un ataque de mayor envergadura.

Los sospechosos fueron imputados de "integración en organización terrorista, delito de asesinato terrorista, estragos y tenencia de explosivos", según cita de la agencia de noticias AFP a una fuente judicial.

Los cuatro son miembros de la célula de doce individuos que la policía señala como responsable de los atropellos masivos.

Barcelona pone al mundo civilizado una vez más de frente con su peor pesadilla: el terrorismo. Por definición no se sabe quién es el atacante, quién será la próxima víctima y dónde ocurrirá.

El terrorismo es en sí, el uso sistemático del terror para coaccionar a sociedades o gobiernos, utilizado por una amplia gama de organizaciones, grupos o individuos en la promoción de sus objetivos, tanto por partidos políticos nacionalistas y no nacionalistas, de derecha como de izquierda, así como también por corporaciones, grupos religiosos, racistas, colonialistas, independentistas, revolucionarios, conservadores y gobiernos en el poder.

Los hallazgos policiales en torno a estos hechos, son francamente alarmantes. De hecho, una explosión ocurrida en una casa de una localidad cercana a Barcelona, horas antes de los luctuosos hechos, dejó dos fallecidos de la presunta célula y otros tantos heridos, lo cual hace suponer que era un colectivo bastante organizado y dispuesto a cometer hechos de sangre de bastante mayor envergadura.

La hipótesis que se maneja es que se lanzaron por un atentado bastante más rudimentario tras la explosión que arruinó los planes originales.

Y quizá una de las más perniciosas consecuencias de estas desgracias es la desconfianza y el odio que queda sembrado en una sociedad, y en el mundo entero.

Residentes musulmanes de Cataluña salieron de inmediato a manifestar su condena a los hechos, y a recordar que se han integrado a la sociedad que los recibió. Que no se puede juzgar a toda una colectividad por las acciones antisociales de unos pocos individuos y que los crímenes de unos desadaptados no los representan a ellos. Pero sin duda, se trata de algo que no todos comprenden.

Y por otro lado, no podemos dejar de hablar del factor que nos devuelve la humanidad en situaciones de esta naturaleza, es sin duda la reacción de las sociedades que son el blanco de estos atentados.

En Barcelona hubo disciplina de la población, acatamiento al llamado de las autoridades, colaboración para capturar a los autores y una generosidad ejemplar vista, por ejemplo, en los numerosos donantes voluntarios de sangre.

Sobra decir que la condena a semejantes tragedias debe ser inequívoca y unánime, pero siempre hay que decirlo, subrayarlo, recalcarlo. No puede haber duda alguna sobre el rechazo a estos hechos por parte de la inmensa mayoría del género humano; lo cual es uno de los muros que podemos erigir en contra de su repetición.

Los actos de esta clase se pierden lejos en la historia de la humanidad; pero pareciera que la intensidad de los tiempos que vivimos abona el terreno para que sean más frecuentes y masivos, y logren su cometido de conmover al género humano en su conjunto.

Los gobiernos del mundo deben afrontar en conjunto la que es hoy por hoy la mayor amenaza de nuestros tiempos a través de las instancias que los agrupan y que nacieron para promover la paz, aunque en circunstancias muy distintas a las actuales.

viernes, 11 de agosto de 2017

David Uzcátegui
@DavidUzcategui

Los venezolanos amanecemos con el país más dividido que nunca. Con una Asamblea Nacional Constituyente realizada de una manera distinta a la establecida en la Carta Magna vigente, y que no tiene nada que ver con la que se celebrara en 1999, que es la referencia jurídica para cualquier otra iniciativa similar. 

Nuestro parlamento, electo masivamente en los comicios de diciembre de 2015, ha sido desplazado y se intenta minimizar su capacidad de acción.

Igualmente, se emprenden acciones legales contra alcaldes electos democráticamente y se sigue buscando reducir por cualquier método cada eco de disidencia, de pensar distinto.

En medio de este escenario, nos preguntamos: ¿Piensa hacer algo la Asamblea Nacional Constituyente por el bienestar de los venezolanos?

Porque, en medio de la diatriba que nos ha consumido en las últimas semanas, los precios siguen disparados, y la calidad de vida se hace sal y agua. El empleo no se recupera, la economía se mueve en cámara lenta, no se visualiza una solución a la situación de las medicinas y los pañitos calientes inventados desde el poder Ejecutivo están muy lejos de ser suficientes.

La confrontación, la descalificación al contrario, el insistir en montar dos Venezuelas paralelas, espantan la confianza de los actores económicos nacionales e internacionales.

Dentro de lo poco que hemos podido ver y escuchar en las escasas sesiones del cuestionado cuerpo legislativo, no hay novedad alguna respecto a sintonizar con las urgencias nacionales.

Hasta el momento, priva el discurso ideológico y político; con términos y frases escuchadas una y mil veces durante los casi veinte años que el oficialismo acumula en el poder, cuatro períodos presidenciales, si recordamos cuando estos duraban cinco años.

Imperialismo, oligarquía, guerra. Palabras que se han pronunciado hasta el cansancio y que nada solucionan mientras nos deslizamos por la pendiente de la tragedia colectiva.

Las acusaciones a las potencias extranjeras tampoco faltaron, así como falsas invocaciones a la verdad y la paz.

Propuestas sobre qué hacer con la economía nacional, brillan por su ausencia. No hay por el horizonte promesa alguna de diversificar la economía, de devolver a la industria petrolera nacional su brillo, mientras se preparan cuadros humanos calificados en sectores como la agricultura y el turismo, por nombrar solamente dos de las fuerzas potenciales de Venezuela.

Tampoco hay acercamiento alguno del gobierno con los sectores productivos privados, que han sido puestos al margen desde hace años, gracias a la perniciosa combinación de los elevados precios petroleros –que ya desaparecieron- con la soberbia que inyectaron postulados ideológicos anacrónicos y que ya se encuentran fuera de consideración en el resto del planeta.

En paralelo, se insiste en el encompinchamiento con países que puedan tener alguna afinidad ideológica, pero que no son los más prósperos ni tienen mayores aportes que hacer en cuanto a tecnología y conocimientos, el equivalente a lanzarnos en una piscina con una roca amarrada a los pies.

La realidad de la Venezuela de hoy es muy distinta a la de hace una década, y la prepotencia escudada en la bonanza de PDVSA, está totalmente caduca.

Esto, sin tener en cuenta que ni siquiera sabemos qué terreno pisamos en este aspecto, ya que el seguimiento de los indicadores económicos por parte de los entes oficiales responsables del asunto, se ha convertido en un hecho irregular de un tiempo para acá, impidiendo tanto al gobierno como a los particulares una planificación adecuada de sus actividades en el área.

¿Dónde está la educación? Pero la educación verdadera, no la ideologización. La creación de venezolanos críticos y autónomos, con criterio para opinar, para discernir, para aportar ideas y propuestas que nos hagan un mejor país.

En el grueso listado de problemas que confronta la Venezuela actual para ser viable, se encuentra el hecho de que la economía de un país no obedece a órdenes ni a decretos. Es un arte y una ciencia que se debe manejar con ingenio, sensatez y sensibilidad, no a dedazos ni mucho menos a gritos.

¿Se habrá planteado esta peculiar ANC restablecer la disciplina fiscal, el orden en el gasto público, el control del endeudamiento? Porque fueron aquellos vientos los causantes de estas tempestades.

Nada de esto se logra con partidarios sumisos, que tomen como santa palabra la voluntad emanada desde las alturas del poder.

Lamentablemente parece que esta ANC, impuesta tan a contrapelo, no trae más que la retórica que ya nos sabemos de memoria y que no solamente no ha podido solucionar nada en años y más años de ser repetida, sino que ha acompañado, como música de fondo, al deterioro nacional que todos sentimos en las calles y en nuestras casas.

viernes, 4 de agosto de 2017

 David Uzcátegui
@DavidUzcategui

La realización de elecciones para elegir los miembros de una Asamblea Nacional Constituyente, según los parámetros establecidos por el gobierno para la misma, no solamente está demasiado lejos de solucionar los numerosos y complejos problemas que agobian a la Venezuela actual. Muy por el contrario, los agrava y para colmo agrega otros nuevos y bastantes más inquietantes.

El primero de ellos es la profundización de la división nacional.

Un país exhausto y sin recursos, que se acerca a las dos décadas de una confrontación que no solamente no ha podido solucionarse, sino que además se agudiza exponencialmente con el paso de los días, no solamente no encuentra solución en este hecho, sino que amanece más fracturado al día siguiente.

Al menos, sí existe algo rescatable de esta desafortunada e inoportuna convocatoria a una ANC: se reconoce que la situación adversa es estructural y de fondo.

Porque el hecho de llamar a un instrumento que pretende refundar la República, es el equivalente a admitir que los problemas son tan numerosos como complicados, que desbordan incluso al contrato social actualmente vigente.

Como lo dijéramos tiempo atrás, la iniciativa oficialista de llamar a una Constituyente, es el último as bajo la manga que se puede sacar una administración que no ha atinado a solucionar nada.

Sin embargo, hay que precisar. una Constituyente no soluciona la intrincada situación actual, y las soluciones no tienen en modo alguno por qué pasar por una ANC.

Muy por el contrario, este instrumento, impuesto a contrapelo de la voluntad de las mayorías, puede ser profundamente contraproducente y lanzarnos hacia niveles mucho más complejos de los problemas que hoy padecemos.

No es necesario cambiar de Constitución para solucionar la tragedia nacional. Incluso, ni siquiera sería necesario cambiar de gobierno. Lo es, sí, cambiar urgente y radicalmente de actitud, de forma de gobernar y de administrar.

Sin embargo, la profundización de los errores que hemos visto durante los últimos años, nos hace entender que solamente aumentamos la velocidad a la que transitamos un camino totalmente errado.

Las naciones que con más frecuencia cambian su texto constitucional suelen ser las más inestables y conflictivas; mientras, por su parte, los países que se orientan más hacia el progreso y el desarrollo, suelen tener cartas magnas de muy larga data.

Otra cosa que resulta curioso es que este cambio constitucional sea impuesto por el mismo proyecto político que impulsó la Constitución vigente, algo que no tiene mucho sentido, ya que este tipo de situaciones suceden ante golpes radicales de timón. ¿Por qué se quiere cambiar la actual?

Las respuestas están allí, en la que data de 1999. Si se leyera, y, sobre todo, si se respetara y se pusiera en práctica, saldríamos de muchos de los problemas que nos aquejan hoy.

La voluntad política de parte del gobierno se podría demostrar, por ejemplo, al tomar en cuenta el evento electoral del pasado 16 de julio, organizado y ejecutado impecablemente por la ciudadanía, tras la reiterada negativa del organismo electoral en cuanto a convocar las citas comiciales que por derecho correspondían, como lo es el caso del referendo revocatorio presidencial de 2016 y las postergadas elecciones regionales.

En la mencionada consulta popular, una cantidad enorme de venezolanos habló contundentemente, pero ha sido invisibilizada y descalificada por quienes hoy mandan.

El gobierno, por su parte, convoca a otra cita electoral sin las bases adecuadas, lo cual ha sido sobradamente discutido tanto en Venezuela como fuera de nuestras fronteras. Y de esta manera, se profundiza el desencuentro entre las dos visiones de país que prevalecen y que, al momento de hoy, no consiguen punto de encuentro, agravando los males que al día de hoy arrastramos.

Dudamos muy seriamente que la profundización de la forma de gobernar que nos ha traído hasta aquí, nos vaya a sacar de la más compleja situación de la historia republicana. Estamos seguros de que ni “la mejor Constitución del mundo” podrá solucionar nada si no existe la voluntad política para hacerlo. Mucho menos lo hará un nuevo texto constitucional que, a diferencia del vigente en la actualidad, no ha cumplido con los supuestos para fundarlo sobre bases sólidas.

Y para colmo, se reafirma la voluntad de pasar por encima de la Venezuela democrática, al pretender desplazar de su espacio natural a la Asamblea Nacional, electa en comicios regulares y transparentes.

Desde las alturas del poder se niegan a escuchar. No solamente no se soluciona nada, sino que se profundiza nuestra desgracia. Nos dirigimos a continuar una confrontación que solamente trae miseria y dolor. Este no es el camino para reunificar a Venezuela y conducirla hacia su bienestar.

 
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