sábado, 19 de octubre de 2019

Tras un par de semanas en profunda tensión interna y con los ojos del mundo encima, Ecuador vio llegar una solución momentánea a un conflicto interno que tuvo a todo el continente atento a su suerte.

Sin embargo, no es para cantar victoria. La tensión se mantiene en el ambiente y hay quienes temen que sea peor el remedio que la enfermedad, no sin razón para ello.

En esta oportunidad, el presidente Lenin Moreno dio su brazo a torcer, por el bien y la paz de la nación. Sin embargo, hay numerosos matices dignos de análisis en lo sucedido.

En primer lugar, vamos a introducirnos en el contexto: ¿qué fue lo que sucedió en la nación andina para que se incendiara la pradera?

Todo comenzó el día primero de este mes de octubre, cuando Lenín Moreno, anunció que dejaría de subsidiar los combustibles más baratos y más utilizados debido a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que proporcionaría 4.200 millones de dólares en ayuda; a cambio de medidas de austeridad económica.

Sin embargo, las alzas para nuevas tarifas de combustible escalarían hasta un 123% y ello llevó a protestas de calle, que hicieron que ya para el día 3 se decretara un estado de emergencia por 60 días.

Para el día 6 de octubre, la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie) anuncia a su vez su propio estado de emergencia y marcha hacia Quito. Tras inquietantes incidentes en la sede del parlamento nacional, el ejecutivo se vio obligado a decretar un toque de queda nocturno.

Incluso, Moreno se encontró forzado a tomar la decisión de mudar el gobierno a la ciudad de Guayaquil, una previsión que está plasmada en la Constitución ecuatoriana, pero que sin duda indica el alcance de la crisis. La confrontación escaló hasta un paro nacional el día 9.

El domingo 13 finalmente decidió derogar el decreto que eliminaba los subsidios a los combustibles para que cesaran las protestas. Este martes 15 entró en vigor la derogación, por lo que los precios volvieron a las tasas existentes antes de esta medida.

Finalmente, el mismo día, Moreno regresó al palacio presidencial de Carondelet, ante una multitud que lo acompañó, tras haber permanecido el recinto acordonado por varios días para contener a los manifestantes contrarios a su gestión.

Las protestas dejaron ocho muertos según la Fiscalía, aunque el Gobierno dice que son seis, además de unos 1.500 heridos, entre ellos 435 policías y 1.192 detenidos. También quedó dañado buena parte del mobiliario urbano de Quito, 108 patrullas y 42 ambulancias.

Lo más complicado de toda esta historia, tan breve como intensa, es sin duda el análisis del gesto de Moreno. Sí, fue él quien cedió para llegar a una solución, y esto tiene dos lecturas.

La primera, que logró bajarle la temperatura al conflicto. Evitó mayor pérdida de vidas y una escalada compleja de la situación, que amenazaba con derivar hacia consecuencias mucho más lamentables de las que ya se registraron.

Sin embargo, hay otra lectura. ¿Dio Moreno muestras de debilidad? ¿Se dejó chantajear? Desde esta óptica, el mandatario simplemente está corriendo la arruga, posponiendo un conflicto que volverá a reflotar más temprano que tarde y que no será controlado en realidad hasta que no se aborde frontal y totalmente.

Quedará para la historia evaluar la trascendencia de su gesto, con el cual aparentemente salvó –por el momento– la frágil democracia ecuatoriana; pero por otro lado asume una actitud de ojos vendados ante la imposibilidad de mantener subsidios a los combustibles sin comprometer la viabilidad económica del país.

Otra arista a considerar es cómo reaccionará el FMI, con quienes ya se había comprometido una negociación. Obviamente tocará reprogramar todo, pero ahora queda del lado del organismo multilateral el reajuste de su posición. Y Ecuador, sin duda, necesita de ellos en este momento.

Finalmente, fue lamentable que oportunistas políticos intentaran pescar en río revuelto. El expresidente Rafael Correa trató de surfear la ola del descontento contra Moreno, pretendiendo convertir el caos en su trampolín para relanzarse a la primera magistratura. Sin embargo, la confederación indígena marcó temprananente distancia con él y muchos recuerdan los conflictos que esta organización tuvo con la administración correista en tiempos no muy lejanos. 

Un aspecto adicional que se mantiene como una bomba de tiempo, es que el país dio claras muestras de estar dividido en dos potentes sectores que pueden chocar a futuro, aunque evitaron hacerlo en esta coyuntura.

El Ecuador de la sierra, de los agricultores, frente al otro, al de la costa, al que mueve la economía. Guayaquil, que le dio sede temporal al gobierno de Lenin Moreno y Quito, que se encendió en protestas. Vino la calma, por fin. Pero, ¿por cuánto tiempo?

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

sábado, 12 de octubre de 2019

No hemos terminado de cerrar el intenso ciclo de lo sucedido recientemente en Perú, cuando en Ecuador se encienden las alarmas de una conmoción de calle lo suficientemente compleja como para hacer tambalear su gobierno.

Todo comenzó cuando el presidente Lenín Moreno anunció la eliminación de subsidios al combustible como parte del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, a cambio de un crédito de 4.000 millones de dólares. Muchos imaginamos que era cuestión de tiempo antes de que se produjera el estallido social. Desafortunadamente, no es la primera vez que sucede en el país andino.

Más allá de las causas de que esto esté sucediendo, no hay nada de qué alegrarse. Y es que, desde que tenemos memoria, asistimos al tambalearse de aquellos países vecinos que dan un paso adelante y dos hacia atrás en sus conquistas de progreso, bienestar y paz.

¿Será Ecuador uno de ellos?

En los últimos años por lo menos tres mandatarios han finalizado sus períodos abruptamente, a raíz de protestas multitudinarias que los han sacado del palacio presidencial de Carondelet, en la capital ecuatoriana. Abdalá Bucaram(1997-1998), Jamil Mahuad (1998-2000) y Lucio Gutiérrez (2003-2005) no pudieron contener la fuerza de la Confederación de Entidades Indígenas que, de acuerdo a datos oficiales, representa el 7% de la población total.

De un tiempo para acá, Ecuador parecía haber dejado atrás la prolongada inestabilidad que la había marcado, e inició un proceso de crecimiento lo suficientemente interesante como para atraer a los numerosos venezolanos que han decidido intentar una vida mejor en otras naciones.

Y sí, esa es otra de nuestras grandes preocupaciones, y un agravante: la nada despreciable cantidad de compatriotas que habita hoy en tierras ecuatorianas, que en mayor o menor grado se había hecho un espacio y ante quienes se abre otra vez la brecha de una amenazante inestabilidad.

Proviniendo desde las provincias y puntos más lejanos, la llegada a Quito de este grupo social descontento con medidas que tal vez son necesarias, pero resultan altamente impopulares, hace temer que esto sea el anuncio de un período de perturbación que pone contra la pared al presidente de turno.

Y lo más interesante es cómo los grupos en disputa se pelean la pertenencia de este colectivo que sin duda tendrá una fuerza decisiva, cuando los propios voceros del movimiento reclaman su independencia de criterio y acciones, mientras rechazan ser utilizados por los enemigos políticos del presidente Moreno.

Y es que estas enemistades pueden explicar muchas cosas.

Visceral es el enfrentamiento entre el actual presidente y su antecesor, Rafael Correa. Ambos fueron en un pasado no muy lejano, amigos y colaboradores.

Sin embargo, la llegada del nuevo primer magistrado significó la abolición de la reelección indefinida, una esperanza que Correa esperaba desempolvar en una hipotética vuelta al poder. No le puede perdonar a su sucesor lo que considera una traición.

También ha salido a la luz pública una compleja trama de presunta corrupción que no deja nada bien parado al mandatario saliente.

¿Hay tras todo esto una venganza de “Mashi”?

Repetimos, sectores sociales reivindican la independencia de la protesta; pero no sería descabellado pensar en qué estarán haciendo aquellos interesados en pescar en río revuelto.

Evitando correr la misma suerte de algunos de sus predecesores, el que fuera vicepresidente y discípulo del ex presidente Correa se ha refugiado con su plana mayor en la ciudad costera de Guayaquil, con la esperanza de resistir el embate atrincherado en el centro económico mientras la capital política queda a la merced de los manifestantes.

Que quede claro, por cierto, que este repliegue táctico está incluso contemplado en la Constitución ecuatoriana. El traslado del poder Ejecutivo a esa poderosa ciudad de pujante economía es una opción viable, si el gobierno lo considera necesario.

La cosa es que es de alguna manera una confesión de la fragilidad del gobierno actual, que ha dejado a la capital en manos de sus adversarios. Sin embargo, las manifestaciones leales en Guayaquil han sido multitudinarias.

Los centenares de detenidos que conocemos mientras escribimos este artículo, nos hablan de una preocupación que está escalando por muchos motivos.

No solamente lo sentimos por la nación hermana, por los valores de la democracia, tan perseguidos y tan escurridizos, sino porque lo que suceda en Ecuador, en cualquier lugar de Latinoamérica, también nos habla de nuestra propia travesía. Estamos hermanados, tanto en las virtudes como en las carencias.

El crujir de las democracias en nuestro continente no puede sino ensombrecer más este complicado camino para consolidar instituciones y paz en cada una de las naciones que habitamos.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 4 de octubre de 2019

La reciente situación política en Perú ha atraído la atención de la opinión pública mundial, por la lamentable turbulencia en esa materia que caracteriza a nuestras naciones.

Aunque las aguas han bajado, la situación aún no se ha calmado del todo. Somos muchos quienes seguimos a la expectativa ante los complejos vericuetos de este caso, que en mucho nos resuenan, de cara a los enfrentamientos que también se viven en la Venezuela de estos días.

Pero vamos por partes: ¿qué fue exactamente lo que sucedió en la nación inca?

Los hechos son complicados y hay que profundizar un poco para ponerlos en contexto. Para algunos, fue que, simplemente, el país tuvo de pronto a dos presidentes. Por si eso fuera poco, se añade un Congreso disuelto. Como crisis política, no es poco. Y había que decidir cuál presidente era el legítimo y cuál el ilegítimo. ¿Es esto cierto? Podríamos decir que sí… Y que no.

Básicamente, el actual presidente en funciones Martín Vizcarra disolvió el Congreso, al considerar que el legislativo había retirado su apoyo por segunda vez a un gabinete durante el presente mandato presidencial de cinco años. Vale aclarar que este mecanismo está consagrado en la actual Constitución peruana.

La noche del lunes 30 de septiembre de 2019 se convirtió en un nuevo capítulo de la crisis e inestabilidad política que ha sido recurrente en la historia peruana, luego que el presidente Martín Vizcarra anunciara la disolución del Congreso y a su vez el parlamento suspendiera al mandatario y nombrara a Mercedes Araóz como gobernante interina.

El gesto presidencial se produjo frente la imposibilidad de Vizcarra de impulsar una agenda legislativa ante la oposición del partido fujimorista Fuerza Popular, lo que llevó a disolver el parlamento, en esta medida que, desde el Congreso, fue calificada como un “golpe de estado”.

¿Quién tiene la razón?

Aunque Fuerza Popular mantiene su mayoría en el Legislativo, el presidente puede recurrir a la llamada “moción de confianza”. Según la Constitución, se trata de un mecanismo por el cual el Ejecutivo puede consultar al parlamento sobre el tema que crea conveniente. Pero si los legisladores rechazan este pedido en dos oportunidades, el presidente puede disolver el Congreso.

Vizcarra había presentado dos cuestiones de confianza, una había sido rechazada por el Legislativo y esto -como también dice la ley- lo obligó a renovar su gabinete; mientras que la segunda fue aprobada por el Parlamento en junio pasado.

Pero la imposibilidad del gobierno de renovar la manera para elegir a los miembros del Tribunal Constitucional, llevó a Vizcarra a plantear una nueva moción de confianza al Congreso.

Vizcarra lanzó un ultimátum al Parlamento, al anunciar que lo disolvería si le negaba el voto de confianza para reformar el método de designación de los magistrados, con lo que buscaba impedir que ese alto tribunal fuera entregado a la oposición.

Pero el presidente del Congreso, Pedro Olaechea, fijó antes la votación para elegir los miembros del Tribunal Constitucional, lo que Vizcarra interpretó como un rechazo a su moción de confianza y anunció la disolución del Congreso.

Como en una película de suspenso, mientras Vizcarra anunciaba el cierre del Legislativo, los parlamentarios aprobaban la moción de confianza, aunque para el mandatario ya era demasiado tarde.

El disuelto parlamento no tardó en reaccionar, suspendiendo por un año a Vizcarra para ejercer el cargo de presidente y nombró como presidenta interina a Mercedes Aráoz.

Mientras tanto, Vizcarra convocó a nuevas elecciones parlamentarias para el 26 de enero, según un decreto publicado en el diario oficial.Por si fuera poco, Araóz renunció al día siguiente, en medio de caldeadas protestas callejeras.

Desde nuestro punto de vista, todo sucedió gracias a un juego político trancado, a la incapacidad de ceder de los dos sectores y a un gravísimo bache comunicacional. Cuando el primer mandatario consideró que la relación con el Parlamento estaba rota y era insalvable, este dio el paso que había postergado. Y todo estuvo en el marco de la ley, en el frágil equilibrio de su interpretación, en la imprecisa frontera en la cual se puede detonar un conflicto por “error humano” en la interpretación de la letra.

Vizcarra luce hoy fortalecido y reitera que gobernará hasta el 2021, final de su período. La renunciante Aráoz exigió adelanto de elecciones presidenciales. La sangre afortunadamente no llegó al río, pero la crisis sigue latente.

Lo cierto es que ha quedado abierta una fisura en la institucionalidad peruana, se ha expuesto ante el mundo el nivel al cual puede escalar un desacuerdo que anida como una bomba de tiempo en su perenne intento por mantener viva la democracia, que parece costar tanto a las naciones latinoamericanas.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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sábado, 28 de septiembre de 2019

Entre esas noticias pasmosas sobre nuestra nación que con frecuencia nos rebotan desde fuera, leemos que el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) alertó que cerca de un millón de niños se encuentran sin escolarizar en Venezuela, “debido a la grave crisis política y económica que vive el país”.

Este marasmo, esta anestesia a la que nos ha llevado dos décadas de desencantos, de miedos y de dolores, es completamente entendible. Pero hay cosas sobre las cuales no puede pasar. Y esta es una.

Que la cifra de niños que no acuden a las escuelas sobrepase el millón, nos habla muy mal sobre nuestro presente, y peor aún sobre el futuro.

Es la certeza de que nos hemos extraviado como nación, de que sea lo que sea este tránsito incalificable que padecemos, no se puede decir, sino que es un fracaso.

Ya no es solamente al anciano a quien se condena a padecer mil penurias para cobrar su pensión o encontrar sus medicinas. Ya no es el talento humano que huye a pie cuando justamente se encuentra en la edad en la cual puede aportar más al país. Ya es condenar a las nuevas generaciones al fracaso desde su nacimiento. Desgarrador.

Es muy fácil predecir el futuro del país con nuestra más reciente generación fuera de las aulas. Será una pesadilla, una distopía. Y para evitarlo, hará falta trabajar mucho, muchísimo, desde este mismo momento.

Sin embargo, surge la pregunta: ¿hay alguien dispuesto a hacerlo? ¿Quién?

El drama es tan complejo porque parte de un país desmantelado. Los docentes emigran porque sus salarios son irrisorios. Y prefieren integrar esas caravanas de caminantes, porque cualquier cosa es mejor que seguir padeciendo el destino incierto que los marca en estas tierras.

Y quienes no se pueden marchar, prefieren quedarse en casa. Lo que ganan no les alcanza ni siquiera para cubrir los gastos de pasajes hasta sus instituciones educativas. ¿Caminar? Ni para zapatos tienen. Ya es bien sabido que hay alumnos que le obsequian calzado a sus profesores, ante el pronunciado desgaste de los que utilizan en el día a día.

No hablemos de las penurias para conseguir alimentos, que han institucionalizado deficiencias nutricionales tan agudas que sin duda impactarán en su desarrollo. Pero es que, ¿cómo se puede enviar a un pequeño a estudiar con el estómago vacío? Unos padres prefieren que se quede en casa, otros se arriesgan a enviarlo con la perspectiva de un posible desmayo. 

Por supuesto, cargue usted a eso el tema de los útiles escolares. Las listas de libros, cuadernos y otros requerimientos trepan hasta la luna y son completamente impagables para amplios sectores de la población.

¿Cómo vamos a soltar al mundo a una nueva generación que no tiene acceso a internet, a la computación que es la columna vertebral del conocimiento, de la información, de la difusión de este siglo?

Las herramientas que son comunes en las manos de pequeños de muchas naciones, aquí son una fantasía impagable, que raya en la ciencia ficción. La tecnología va en cohete mientras las posibilidades de alcanzarla en las aulas venezolanas van, literal y metafóricamente, en burro.

Las infraestructuras también han acusado el deterioro de estos años. Están muy lejos de ser las más adecuadas, ante la falta de mantenimiento y de medidas higiénicas adecuadas. Los suministros de luz y agua no son confiables, como todos muy bien sabemos.

Lo mismo sucede con el transporte, el envejecimiento irremediable del parque automotor y su falta de refacciones.

En síntesis, el conocimiento es un lujo en la Venezuela de hoy. Le estamos embargando a los venezolanos del porvenir la única herramienta cierta con la que ha contado la humanidad para salir adelante, para progresar, para asegurarse un futuro y un porvenir digno. Es algo para llorar y no parar.

En pocas palabras, este país adverso que hoy padecemos, se está llevando por delante sin piedad alguna a quienes deberían ser su futuro. Y quienes tenemos conciencia de la tragedia que se desarrolla, poco podemos hacer, más allá de denunciar y de exigir un cambio de rumbo urgente, antes de que el daño sea irreparable.

No es fácil describir este panorama. Somos padres. Y la constancia en la denuncia tiene mucho que ver con la urgencia de dejar a nuestros hijos un país vivible, un sueño, un derecho, una exigencia y un deseo, que se ven cada vez más lejos, de seguir por este camino tan equivocado.

Y asombra. Asombra la indolencia, la inconciencia, la insensibilidad. Estamos en el momento de decidir la vuelta de tuerca que nos lleve a decidir por la salvación de las nuevas generaciones o la condena de nuestra tierra a un destino tan indeseable como inmerecido.

Estamos en suspenso. Pero, a pesar de todo, no perdemos la fe.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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viernes, 20 de septiembre de 2019

Con la reciente noticia confirmada del final del diálogo en Barbados entre los dos sectores opuestos actualmente en Venezuela, se puede considerar que se le coloca punto final a una larga etapa superior a los quince años, en la cual los mecanismos de entendimiento entre quienes piensan distinto en nuestro país, han resultado sencillamente estériles.

Este nuevo escenario, con la facilitación de intermediarios de Noruega, no es sino el punto final de una agotadora seguidilla de intentos que empezó por allá por el año 2003, en lo que se llamó en aquel entonces la Mesa de Negociación y Acuerdos, que contó con la facilitación del Centro Carter y que no condujo a nada tras sus prolongadas y extensas sesiones.

Y es que, desde hace rato, ha quedado más que demostrado que no hay voluntad de entendimiento alguna por parte de uno de estos sectores, que sencillamente no está dispuesto a ceder un ápice en pretensiones que son inaceptables para quienes pensamos y sentimos diferente, para quienes tenemos sentido de democracia y justicia.

La noticia no sorprendió. Ya hacía más de cuarenta días que el gobierno revolucionario abandonó esta reciente instancia de diálogo, que ellos mismos en un pasado bastante cercano promovieron con no poco entusiasmo.

Del lado nuestro, se hizo lo que había que hacer: mantener abierta esa puerta cuanto tiempo fuera necesario, hasta confirmar que la voluntad de encontrar una salida consensuada –pero justa– a la crisis nacional, seguía de nuestro lado. Lamentablemente, y como muchos suponían, en la acera contraria no era así.

Nuestros representantes lo dijeron, sabían que la decisión de sentarse una vez más, iba a tener un costo político. También se expresó que había consciencia en cuanto a la utilización en el pasado de esta clase de mecanismos, con el fin de manipular las situaciones y encauzarlas hacia objetivos mezquinos y contrarios al bienestar de la colectividad. De esto, siempre hubo claridad en cuanto a lo que se enfrentaba.

Por supuesto, no faltan las acusaciones de que se perdió el tiempo, tiempo que la tolda roja habría comprado, a costillas de jugar nuevamente con la cada vez más escasa buena fe del país.

Acusaciones que entendemos y justificamos, pero a las cuales tenemos una observación: a pesar de todo, creemos en el diálogo como mecanismo y el hecho del agotamiento estéril del escenario actual, no hace sino confirmarlo.

El punto final a este intento de Barbados, nos pone nuevamente de acuerdo a quienes queremos pasar de una vez por todas esta página oscura de la historia del país. Aquellos que no querían que nadie se sentara a dialogar, y quienes pensábamos que había que hacerlo, ya estamos nuevamente en la misma página, tras el agotamiento en sí mismo de esta nueva instancia.

¿Por qué había que mantener la puerta abierta en Barbados? Primeramente, por la alternativa en sí que estaba sobre la mesa. La situación venezolana es tan compleja y cambiante, que puede dar cualquier inesperada vuelta de tuerca en cualquier momento. Era válido y valioso –lo ha sido y lo será– tener una mesa a la cual se acudiera para poder avanzar con mayor celeridad en caso de presentarse alguna situación que lo requiriera.

Por otro lado, el mundo ahora sí observa a Venezuela. La situación interna ha desbordada nuestras fronteras y el éxodo multitudinario de venezolanos es una prueba de ello. Una prueba que ha hablado en muchas latitudes de cuán intolerable es lo que se padece aquí adentro.

Vivimos en un mundo interconectado y los indicadores económicos son inocultables. Los mercados están conscientes del errado rumbo que ha llevado nuestra nación durante años y de cuán profundo es el daño que se le ha hecho. Siempre lo decimos, los números no mienten.

Nuestros representantes hicieron lo correcto, se quedaron sentados hasta el final. Aguantaron hasta que se pudiera dejar constancia de quiénes no cedieron, quiénes abandonaron. Quedó claro ante testigos lo que tantas veces ha pasado puertas adentro de nuestro territorio y muchos no creían.

Pensamos que de parte de quienes alzaron su voz por nosotros hubo sensatez y firmeza, existieron propuestas guiadas por el mayor sentido de la urgencia y por la más elemental justicia. Si no se puedo avanzar más, fue por la reiterada sordera selectiva de los interlocutores.

Sí, ha quedado claro que el diálogo no sirve. Pero no es por falta de voluntad de quienes estamos de este lado, sino por la absoluta intransigencia de quienes se niegan a ceder en sus pretensiones de control absoluto, el cual ni de lejos usan para el bienestar de la nación; sino, muy al contrario, para una agenda propia sin cargo de conciencia alguno en cuanto al daño que producen a un país entero. Ahora, el mundo es testigo y lo pudo comprobar. Esa es la diferencia.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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viernes, 13 de septiembre de 2019

Los nuevos impases en nuestra relación con Colombia son por demás incómodos. No solamente ante lo inútiles e injustificados, sino porque también contradicen la naturaleza de la relación entre ambos países, que siempre se ha caracterizado por la fluidez y la cooperación, tanto entre sus gobiernos como entre sus ciudadanos.
En los últimos días hemos presenciado con asombro y desconcierto, cómo han escalado unas tensiones que no tenían razón de llegar hasta donde han llegado.

La orden desde el lado venezolano de desplegar tropas en proporciones inquietantes, ha puesto al presidente de Colombia Iván Duque en su situación más difícil desde que asumió la presidencia hace poco más de un año, según reseña el diario neogranadino El Tiempo.

Afortunadamente, de aquel lado las cosas se han tomado con más sensatez. Si la reacción hubiera estado marcada por la misma visceralidad que hemos visto por aquí, la tragedia estaría servida. Caso negado, por supuesto y por fortuna.
Sin embargo, no podemos descartar que, de avanzarse en estas decisiones tan lamentables, nuestras relaciones se enturbien. Nos negamos a creer que esto llegue más allá, pero es un escenario por el cual hay que pasearse responsablemente, de seguir dándose pasos en falso.

Y es que, desde este lado de la frontera, ese ejercicio de fuerza también luce insensato. Especialmente, porque los problemas sin resolver se acumulan en nuestra tierra a niveles nunca antes vistos y es evidente que no se les está prestando atención.
Distraer energía en un vano intento por escalar diferencias netamente subjetivas con un país socio y hermano, es la peor decisión que se puede tomar en este momento. Justamente, ante los reveses en todos los ámbitos que enfrenta nuestra nación, la primera acción debería ser robustecer los intercambios productivos con nuestro vecino más cercano, con quien nos une además cultura e idiosincrasia.

Sin embargo, no es así. Durante el pasado año 2018, la Cámara de Integración Económica Venezolano Colombiana informó que el intercambio comercial entre Colombia y Venezuela registró una contracción de 32,75% durante el año 2017.

De acuerdo a las cifras publicadas por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística Colombiano, el comercio binacional acumuló una cifra de 539 millones de dólares frente a 802 millones de dólares correspondientes al año 2016, según explicó para aquel momento un informe de Cavecol.

El mismo DANE corrobora que el deterioro ha sido continuo y sostenido en los últimos años. Según el organismo, en 2013 Colombia exportó US$2.255,82 millones a Venezuela. Una dramática contracción que afecta a ambas naciones.

Las exportaciones venezolanas a Colombia también han decaído notablemente. Tradicionalmente, nuestra balanza comercial ha sido favorable a Colombia; pero para 2013 el vecino país importó US$409,77 millones en productos venezolanos; mientras en 2018 las compras a nuestra nación solo llegan a US$104,39 millones.
Tristemente, esto comprueba que la que debería ser nuestra primera meta en el ámbito internacional, la cual no es otra que construir una relación de ganar-ganar con nuestro socio más cercano, se está comiendo la flecha.

A esto hay que agregar que es Colombia el principal destino de los compatriotas que deciden abandonar nuestra tierra y aventurarse a trabajar para construir un destino mejor.

Según cifras del Banco Mundial, se estima que desde 2015 hasta la fecha aproximadamente 1,23 millones de personas han ingresado a Colombia desde Venezuela con intención de permanencia, incluyendo colombianos retornados y migrantes regulares e irregulares. Eso no incluye a quienes tiene el propósito de continuar su viaje con otras naciones latinoamericanas como destino.

No solamente se debería estar alimentando una relación de agradecimiento, sino también de colaboración, ya que este sí es un problema real, existente, que golpea muchas vidas y que se complica sostenidamente.

Como consuelo, solamente queda ver hacia el futuro. La relación entre nuestras patrias se ha caracterizado por un vínculo tan robusto, que ni siquiera los tiempos más adversos han logrado carcomerla.
Este vínculo no solamente subsiste, sino que existe, muy a pesar del ruido artificial y pasajero que se introduzca en el camino. Se está demostrando en el día a día y en los hechos. Y volverá a ser pacífica, próspera y de provecho para todos a la vuelta de la esquina.

Lo lamentable es que, quienes no saben leer las señales de los tiempos se empeñen en torcer los caminos, con fines contrarios a los intereses colectivos. Tenemos fe en que Colombia y Venezuela impedirán que se profundice esta herida. Esa frontera siempre ha estado marcada por la paz, por una vida serena, pacífica, de compartir. No tiene por que ser de otra manera.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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viernes, 6 de septiembre de 2019

Por más altisonantes y vociferantes que sean las declaraciones de quienes se ocupan actualmente del manejo de la economía venezolana, el precio del dólar sigue escalando. Y esto continúa siendo una materia de preocupación para la ciudadanía, ya que como todos bien sabemos, la divisa estadounidense es un referente para la economía mundial. 

Pero lo es muy especialmente para la nuestra, que ha perdido todo patrón comparativo, ante la opacidad de la información de los organismos oficiales que manejan el tema, la cual debería ser del dominio público y no lo es. 

Aquel viejo cuento de que no nos debe importar el precio del dólar porque nosotros gastamos en bolívares, quedó despachado de nuestro imaginario colectivo hace ya mucho tiempo. 

Sabemos que es muy poco lo que se produce en el país, que dependemos medularmente de las importaciones y que hasta las más elementales materias primas tienen sus precios anclados a esa moneda, porque vienen desde afuera. Es imposible romper matrimonio con el dólar en medio de la economía globalizada que hoy vivimos; pero es más imposible aún para Venezuela, que debe mirar hacia afuera para satisfacer sus más elementales necesidades. 

En el diario El Universal del 3 de septiembre, podemos leer que “Este fin de semana los productos básicos como verduras, hortalizas, carnes y otros rubros esenciales de la canasta de alimentos presentaron un aumento considerable en sus precios respecto a la semana anterior”. 

La misma nota agrega: “Productos como la harina de maíz y el arroz registraron un incremento de entre 20 y 40% en pocos días”. Y el único indicador que nos puede decir hacia donde soplará el viento de estos incrementos, es el billete que trae impreso el rostro de George Washington. 

La economía nacional está tan distorsionada, que incluso el calcular el valor de los bienes y servicios con la divisa mencionada como referencia, no sirve de mucho. Aún de esa manera se ve que los precios siguen escalando. 

Y no es que exista una “inflación en dólares”, como hemos escuchado por allí. Lo que sucede es que, al coctel de distorsiones que enfrentamos diariamente, se suma el hecho de la disminución en la productividad de Petróleos de Venezuela, cuya venta de materia prima a otras naciones es la que permite que los dólares ingresen a Venezuela. Y esta fuente de ingresos es cada vez menor. Es decir, mientras cada vez más gente busca refugiarse en ese signo fuerte, cada vez entra menos dinero de esa denominación a nuestro sistema económico. No es difícil imaginar los resultados. 

Volvemos a caer entonces, y una vez más, en el mal esencial que carcome a nuestra nación en este momento: la falta de productividad. 

La mejor vacuna contra la escalada de precios son los estantes llenos de los más variados bienes, y que estos sean producidos en el país. Lamentablemente, nuestra realidad es exactamente la opuesta y eso lo resienten nuestros bolsillos y nuestra calidad de vida. 

A todo esto, hay que agregar el factor psicológico. Los venezolanos no percibimos solución ni salida alguna. No sentimos que existan acciones o planes acertados de parte de quienes tienen en sus manos el manejo de la economía nacional. Los discursos son los mismos, las declaraciones no llenan las expectativas y suponemos que tampoco solucionarán nada, como no lo han hecho hasta ahora. 

Y esta certeza lanza a la gente a adquirir todos los bienes posibles dentro de su escasa disponibilidad de recursos, porque saben que dichos bienes mañana estarán más caros, o sencillamente no estarán disponibles. Y la moneda norteamericana es uno de estos bienes. 

Ya todos sabemos que esta escalada no es coyuntural. Se trata del avance de un proceso que no se va a detener si no se toman medidas de fondo. Por eso la incredulidad, por eso la certidumbre de que estamos abandonados a la buena de Dios, en un escenario en el cual el optimismo no es posible. 

Y las medidas de fondo serían dolorosas. Sería sencillamente aceptar que todo lo que se ha hecho en esta materia durante las dos ultimas décadas, ha sido equivocado. 

Habría que permitir la existencia de un mercado libre y lícito de divisas; pero esto implicaría atender previamente los profundos desequilibrios monetarios, fiscales y cambiarios que han arrojado a los ciudadanos a buscar en el dólar la confianza que la moneda nacional perdió. 

Es tema más que sabido: los controles cambiarios y las regulaciones de precios solamente sirven para desfigurar más las economías. E invariablemente, terminan produciendo efectos contrarios al buscado. 

Pero al final del día, los pasos necesarios y en la dirección correcta no se dan. Mientras tanto, parafraseando aquel viejo y casi olvidado lema publicitario el precio del dólar es lo único que a paso de vencedores en estas tierras.

David Uzcátegui
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