sábado, 23 de marzo de 2019

Entre las contradicciones que se registran a lo interno del gobierno madurista –y que se hacen visibles a todos desde afuera– sin duda una de las más interesantes es la voluble relación con la Organización de Estados Americanos.

Y es que los desencuentros entre los personeros de dicha administración y la institución mencionada, son de muy vieja data. Tanto es así, que los funcionarios rojos lanzaron a los cuatro vientos su decisión de hacer que Venezuela abandonara el organismo.

Sin embargo, de un tiempo para acá, han considerado nuevamente este foro como un escenario para exponer sus puntos de vista y más aún: para debatir con sus oponentes y luchar por conseguir legitimidad para su proyecto político.

¿Pero cuándo comenzó este rifirrafe?

Podemos encontrar antecedentes interesantes hace ya una década, cuando la agencia de noticias alemana DPA, señala en un despacho fechado el 9 mayo de 2009 que “El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, dijo este sábado que su gobierno podría retirarse de la Organización de Estados Americanos (OEA), luego de cuestionar un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que denunció la persecución del disenso político en el país”.

Las declaraciones del entonces presidente de la República, recogidas en aquella oportunidad, decían: “Bien y entonces hay que preguntarse: ¿Para qué la OEA? Venezuela pudiera salirse de la OEA y crear o convocar a los pueblos de este continente a que nos liberemos de esos viejos instrumentos y a que formemos una organización de pueblos de América Latina, de pueblos libres”.

Añadió, siempre según la misma fuente, que “el líder cubano Fidel Castro tiene razón cuando afirma que ese órgano de la OEA forma parte de la ‘burocracia imperial”.

La Cancillería venezolana dijo en aquel momento que, a partir de 1999, con el inicio del "gobierno independiente y soberano del presidente Chávez, la comisión ha procesado más de 150 casos, sin metodología fundamentada en la objetividad y transparencia".

Señaló también que la CIDH tenía para aquel entonces seis años relegando a Venezuela a la categoría de "Estados que por diversas razones enfrentan situaciones que afectan seria y gravemente el goce y disfrute de los derechos fundamentales, consagrados en la Convención Americana", a pesar de "no haber logrado comprobar violación alguna".

La CIDH dijo en un informe que las prácticas en materia de derechos humanos en Venezuela merecían "especial atención", al igual que Colombia, Haití y Cuba.

Y esa fue la chispa que encendió la pradera.

Aunque, como vemos, desde el mismo momento en que se inicia el llamado gobierno revolucionario, ya hubo desencuentros con la institución.

Para el 26 de febrero de 2010, el diario El país de España tituló: “Chávez ordena la salida de Venezuela de la CIDH”.

Es el 28 de abril de 2017, cuando finalmente BBC Mundo reseña: “El gobierno de Venezuela cumplió este viernes con lo anunciado y presentó su carta de renuncia a la Organización de Estados Americanos (OEA)”.

Y continúa: “La representante de Venezuela ante la OEA, Carmen Velásquez, entregó al secretario general, Luis Almagro, el documento por el que Caracas denuncia la Carta de la OEA, formalizando así su solicitud de salirse del ente multilateral”.

La misma nota asegura que, “durante un acto en el Palacio de Miraflores en Caracas, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, habría dicho: ‘¡Somos libres de la OEA y más nunca volveremos!".

Sin embargo, volvieron.

Hay que aclarar que se trata del primer caso en el que un Estado miembro solicita su retiro y que se debe transitar un engorroso proceso que, hasta el día de hoy, no ha sido completado.

Pero sorpresivamente, el embajador ante esa instancia, Samuel Moncada ha vuelto a ocupar su silla para exponer los argumentos del gobierno al cual representa, y asegura que no dejará la tribuna, a menos que se obtengan los 24 votos de miembros que son necesarios para excluir a un país de la OEA.

Esta afirmación, y en general las de las últimas semanas, contradicen a las que se habían venido registrando, que daban por malo todo lo que viniera del organismo.

El asunto es que parece haberse entendido la caja de resonancia que es la institución en caso de necesitarse la exposición de argumentos para dirimir conflictos.

Pero cuando se emprenden este tipo de acciones, hay que medir lo bueno y lo malo de las mismas. No es posible tener OEA cuando convenga y no tenerla cuando el resultado sea adverso.

El ejercicio de la diplomacia –así como el de la justicia– requiere congruencia y coherencia, pero, sobre todo, conciliación y paz. Y tener como norte el entendimiento entre adversos y diversos.

En todo caso, es bueno que de una forma o de otra, se reconozca el valor que tiene esta instancia en el actual momento venezolano.

David Uzcátegui
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sábado, 16 de marzo de 2019

Definitivamente Venezuela no puede seguir corriendo la arruga respecto a la situación que actualmente atraviesan los servicios públicos de nuestro país. Y esto pasa por tareas como preguntarnos a qué se debe que hayamos llegado a esto, además de cómo podemos superarlo.

“Se pierde la razón de existencia del Estado cuando este no vela, cuida ni asegura la prestación eficiente y oportuna de los servicios públicos fundamentales, cuando no rinden cuenta sus funcionarios a cargo, y cuando los entes controladores y reguladores no aplican las sanciones previstas en la Ley”, señaló el planificador ambiental y social Hernán Papaterra, en nota publicada en el diario El Universal, el 7 de agosto de 2018.

Si bien es cierto que, mirando hacia atrás, nuestra nación jamás contó con servicios óptimos de luz, telefonía, transporte, aseo, gas o aguas, sí es también verdad que en algún momento se contó con estándares bastante aceptables y sobretodo, con la voluntad y el propósito de mejorar las cosas. Y, sobre todo, con la certeza de que era posible mejorarlas.

Había sentido de lo que era el progreso, y era a lo que todos aspirábamos: a nuestro derecho de ser respetados como ciudadanos, tanto desde la administración pública como desde los prestadores de servicios privados.

Baste como ejemplo aquel elevado nivel de calidad del Metro de Caracas, que se convirtió en referente de un transporte masivo de vanguardia y que enorgullecía a sus usuarios de tal manera, que eran ellos los primeros y muy celosos cuidadores de su integridad y eficacia.

Desde nuestra perspectiva, se han cometido varios errores garrafales en las dos últimas décadas. Y eso es lo que estamos pagando hoy.

El primer error fue sin duda la nacionalización. Cargar a la administración pública con la responsabilidad de tareas que pueden ser acometidas por la empresa privada, es una ruta segura al fracaso.

En el caso particular de Venezuela, la nación se sobrecargó con la tarea de ofrecer servicios que, si bien no eran los mejores para el momento, ya tenían buenos estándares de prestación. Y el reto era superarlos. Sin embargo, esto no se logró. Muy por el contrario, los niveles han descendido dramáticamente, y no se ve solución al final del túnel.

La nacionalización trajo otro pecado capital: el rellenar la nómina de estas empresas con personal políticamente afín al gobierno de turno, por encima de la opción de buscar personal adecuadamente calificado.

El entender la prestación de servicios básicos como una posibilidad de hacer propaganda al modelo de gobierno imperante, comprometió de manera muy delicada la calidad del servicio ofrecido.

Porque si bien pensamos que estos aspectos de la vida ciudadana deben estar en manos de particulares, también es verdad que toca al gobierno supervisar y garantizar la eficiencia en la operación, por parte de quienes sean favorecidos con estas concesiones.

Por si fuera poco, la excelencia en los servicios públicos permite optimizar la calidad de vida de la gente, al optimizar su día a día y propiciar que puedan enfocar su atención en la familia, los estudios y el trabajo. En dos palabras, crecer como seres humanos.

En el lado opuesto, el lidiar con falencias en los mismos significa pérdida de tiempo y energía, es un torpedo en la línea de flotación para las tareas cotidianas, consume energía, roba el foco y nos hace a todos menos eficientes, limitando también nuestra capacidad de disfrute y de compartir con los nuestros.

Es adicionalmente uno de los más eficaces instrumentos para profundizar las diferencias entre ciudadanos, ya que quienes ostentan mayor poder adquisitivo siempre podrán pagarse suplidores de mayor calidad, mientras los que no tienen opción deben conformarse con una calidad que dista de la merecida, de la que es su derecho.

También es clave la educación ciudadana. Y al mencionar este aspecto, nos referimos al derecho que tiene la gente de exigir calidad en el servicio. Y al deber que tiene el gobierno de ofrecerlo, sea a través de organismos privados o tomando para sí mismo esta responsabilidad.

Pareciera que la gente no tiene derecho a alzar su voz cuando lo que recibe es menos que bueno. Y esto es una anormalidad que debe ser superada con urgencia.

Por otra parte, el apuntar a la excelencia en tales tareas es sin duda otra manera de empujar la prosperidad del país.

Es urgente e importante enfocar este sector de la economía como un potenciador del bienestar económico, para la creación y multiplicación de riqueza, así como para su distribución entre los habitantes de un país.

La nación y la ciudadanía merecen servicios públicos de primera, y más allá de eso, tenemos la posibilidad de crearlos, mantenerlos y disfrutarlos. Solamente necesitamos la voluntad de hacerlo.

David Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
Instagram: @DUzcategui

viernes, 1 de marzo de 2019

Entre las numerosas polémicas que día a día entablamos en nuestro país, la que estrenamos esta semana fue sobre el hecho de agregar días feriados al ya tradicional asueto carnavalesco.

Y es que, contra lo que se pudiera esperar, la noticia de una posibilidad de sumar fechas adicionales a un calendario ya establecido desde que tenemos memoria, no fue bien recibida por todo el mundo.

Es más, nos atrevemos a afirmar desde nuestra experiencia, que el venezolano promedio no vio con buenos ojos la idea. Al menos eso es lo que hemos obtenido como resultado, tras hacer consultas en nuestro entorno.

Sin embargo, vamos a partir para este análisis desde el principio.

El Gobierno Nacional publicó en la Gaceta Oficial número 41.595 de fecha 26 de febrero de 2019, el decreto que establece como días no laborables el 28 de febrero y el 01 de marzo.

Ya desde el pasado 20 de febrero, durante un acto San Francisco de Yare, estado Miranda, Nicolás Maduro, expresó: “Pensando en los niños, las familias, en la cultura, este año vamos a adelantar los carnavales. Declaro días de asueto el jueves 28 de febrero y viernes 1 de marzo para encender toda esta fiesta cultural, de alegría y felicidad social”.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de conocerse las declaraciones de voceros de diversas intituciones y agupaciones que giraron instrucciones en contrario.

José Grasso Vecchio, director ejecutivo de la Asociación Bancaria de Venezuela, anunció que los días jueves 28 de febrero y viernes 1° de marzo son laborables para la banca y prestarán todos sus servicios.

El asesor financiero hizo la aclaratoria en un mensaje a través de su cuenta en Twitter, ante los ya citados anuncios del Gobierno de adelantar el asueto de Carnaval.

Las declaraciones de Grasso fueron ratificadas por empleados de las entidades bancarias, quienes confirmaron que tenían previsto trabajar hasta el viernes, debido a que no han recibido instrucciones contrarias por parte de los gerentes ni de las autoridades de la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario.

Los funcionarios de ese organismo regulador, indicaron que Sudeban no ha emitido ninguna resolución relacionada con la extensión del asueto de Carnaval.

También participaron que las actividades laborales se mantienen de acuerdo a lo establecido en el calendario sobre los días feriados bancarios y en la agenda de este año se indica que únicamente el lunes y martes de Carnaval no serán laborables, como es habitual.

Por su parte, los presidentes de Fedecámaras, Carlos Larrazábal; y de Consecomercio, María Carolina Uzcátegui, hicieron por separado llamados a no paralizar las labores en las actividades económicas.

Larrazábal se pronunció por establecer reuniones entre las empresas y sus trabajadores “de manera consensuada” para incrementar la productividad en rechazo a la prolongación del asueto de Carnaval decretado por el Gobierno. “La única forma de salir de la crisis es trabajando y produciendo”, dijo.

Añadió que el trabajo informal en Venezuela asciende al 50% de los ciudadanos e indicó que los ingresos por esta actividad se “producen por el día a día, por lo tanto, les conviene trabajar todos los días”.

También indicó que a la fecha las universidades y un gran número de empresas trabajarán el jueves 28 de febrero y el viernes 1 de marzo.

María Carolina Uzcátegui dijo a la vez que Venezuela necesita producir “por la grave hiperinflación y distorsión económica”, en especial en un fin de mes, cuando los ciudadanos necesitan cobrar sus salarios.

Llamó al sector comercial y a los institutos de educación, a los padres y representantes a continuar con las actividades laborales del país.

Así las cosas, quedará de parte de la conciencia de cada quien la decisión de laborar o no. Por nuestra parte, nos anotamos entre los primeros e invitamos a quienes nos leen a hacer lo mismo.

Consideramos –y hay muchos de acuerdo con nosotros– que cargar dos días de sueldo a unas fechas que no se van a trabajar es algo pernicioso para todos. Tanto para la escasa iniciativa privada que aún sobrevive en el país, como para la administración pública, que trabaja con unos recursos que nos pertenecen a los venezolanos y que debemos buscar incrementar y no disminuir.

Sí, tenemos tradicionales fiestas y asuetos, de todos conocidos y con una tradición histórica por detrás.

Pero el incremento de estos días sin base alguna, sin propósito visible y en momentos que no son los adecuados, no contribuyen en modo alguno al bienestar del país. La gente lo sabe.

Unos asuetos traídos por los cabellos no sirven para seducir al compatriota trabajador. Por el contrario, lo que hacen es reafirmarle el extravío que anda suelto por allí y que no está como para ser seguido en los días que corren.

David  Uzcátegui
Twitter: @DavidUzcategui
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viernes, 22 de febrero de 2019

En los últimos días nos ha sorprendido la novedad de que se ha lanzado la marca país Venezuela, impulsada desde algunos despachos gubernamentales. Y decimos que es sorpresa, porque no pareciera un asunto del cual pudieran estar pendientes funcionarios que pretenden nadar a contracorriente de cualquier cosa que pueda sonar a comercial.

Partamos de entrada diciendo que, en líneas generales, la marca país es una gran idea. Pero, citando a la frase que titula estas reflexiones, no se puede poner el carro delante de los caballos. Vamos por partes.

La marca país es un concepto utilizado en el marketing y la comunicación, para referirse al valor intangible de la reputación e imagen de marca de un país, a través de múltiples aspectos, tales como sus productos, ya sean el turismo, la cultura, los deportes, las empresas o los organismos públicos.

Estos determinan los valores que se asocian a ese país. Una buena marca país es, para los defensores de este concepto, un valor añadido para los productos provenientes de ese país y etiquetados como «Made in...», así como para el turismo, la atracción de capital extranjero, la captación de mano de obra y su influencia política y cultural en el mundo.

Como consecuencia de ello, numerosos países cuentan con organismos dedicados a mejorar su imagen de marca y enfatizar sus cualidades diferenciadoras.

Famosas han sido muchas, como “My name is Panama”, la muy conocida “Pura vida” de Costa Rica, “Hay un Perú para cada quien”, “Presencia Suiza” o “La Respuesta es Colombia”.

Se trata sin duda, de un verdadero activo, que puede potenciar las riquezas de una nación si es bien manejada, hecho que parte de cuáles son las fortalezas reales del país en cuestión.

Porque es que la marca país tiene que ser primero que nada, transparente, basada en hechos y realidades, amén de basarse en virtudes sostenidas en el tiempo.

Si miramos hacia atrás, descubrimos un potencial enorme para empezar a construir esa marca país. Una industria petrolera sólida y próspera, paisajes espectaculares, mujeres hermosas, peloteros sobresalientes, una industria televisiva de exportación, cacao, ron y pare usted de contar.

La nota publicada en los medios que difundieron la iniciativa, señala que “Uno de los objetivos del lanzamiento de esta marca país es posicionar a Venezuela internacionalmente dando a conocer sus capacidades en turismo, exportación, nuevas inversiones y cultura”.

Sin embargo, el pecado número uno de los últimos tiempos, ha sido sin duda la pérdida de foco. La infatuación por un espejismo ideológico que dividió al país en dos, y ese es el primer torpedo en la línea de flotación de cualquier pretensión de construir una marca país.

Tristemente, mucho de aquello que nos servía para ser distinguidos en el mundo, ha perdido su potencia y se ha diluido en los vericuetos que nos han distraído de tener un propósito certero y común para avanzar como colectividad. Porque, de un país dividido y en pugna, no se puede crear una marca.

Para nadie es un secreto que la economía nacional se ha convertido en un juego trancado que ha desfavorecido a la iniciativa particular. Esa iniciativa que hubiera podido, por ejemplo, diseminar por el mundo los excelentes productos que se pueden manufacturar con el cacao venezolano.

Sí, tenemos unos paisajes que nos enorgullecen. Pero, ¿dónde está la infraestructura turística? ¿Los hoteles y posadas? ¿Los servicios que puedan atraer al turista extranjero y sus divisas? ¿El personal formado para brindar atención a los visitantes? Todos estos son obstáculos que dejan a una potencial fuente de prestigio para el país en un puñado de buenas intenciones que no encuentran su sendero para materializarse.

Sí, está bien: construyamos una marca país. Pero primero, lo primero.

Pensemos en Venezuela como en una casa. Una casa a la que hay que poner en orden. Hay que limpiar a fondo, pintarla toda, arrancar la maleza del jardín, sembrar flores para luego regarlas y abonarlas. Reparar los tomacorrientes en mal estado y los botes de agua en los grifos, además de esa hornilla que no funciona en la cocina. Limpiar bien los vidrios de las ventanas, para poder tener la mejor visibilidad.

Y entonces sí. Tomemos fotos y videos, invitemos a los visitantes, sirvamos la mesa y seamos los mejores anfitriones.

Con ese chocolate y con ese ron que nos enorgullecen. Con las mujeres más bellas del mundo y los mejores deportistas. Con unas casas de estudio de las cuales egresen profesionales reconocidos y premiados en el mundo entero.

De esa manera algún día, como consecuencia de haber puesto todo en su sitio, existirá una marca país de la cual estaremos orgullosos.

David Uzcátegui
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viernes, 15 de febrero de 2019

El pasado día 12 de febrero, no solamente se conmemoró un nuevo aniversario de la Batalla de la Juventud, sino que fue una conmemoración muy especial: 205 años, lo que llamamos un aniversario redondo.

El momento nos parece sumamente propicio para reflexionar sobre el rol de la juventud en nuestra sociedad y nuestra historia, en un paralelismo entre aquel momento y lo que han sido otros hitos posteriores en nuestros días como nación.

Debemos recordar que aquella batalla formó parte de la Guerra de Independencia venezolana, donde los republicanos liderados por José Félix Ribas se enfrentaron a las fuerzas realistas comandadas por José Tomás Boves, cuando este último intentó tomar la emblemática ciudad de La Victoria.

Ribas, al ver la escasez de soldados regulares, decidió armar a aproximadamente mil estudiantes de colegios y seminarios de la ciudad y otros poblados cercanos, entre ellos 85 muchachos del Seminario de Santa Rosa de Lima, de Caracas.

Antes de entrar al campo de batalla, Ribas animó a los jóvenes que lo acompañaban, para que defendieran hasta el límite de sus fuerzas el suelo de la patria.

No tenían experiencia en manejo de armas de fuego, lanzas o espadas, pues su única herramienta hasta ese momento habían sido los libros que utilizaban para sus estudios. Junto a los mil quinientos soldados que estaban bajo su mando, Ribas armó paralelamente aquel ejército de adolescentes, inspirados por un ideal y con más voluntad que fuerza para enfrentar un reto que lucía demasiado grande.

Se dice que lo que marcó el éxito de una empresa tan desigual, fue la arenga de Ribas: “Soldados, Lo que tanto hemos deseado va a realizarse hoy: he ahí a Boves. Cinco veces mayor es el ejército que trae a combatirnos; pero aún me parece escaso para disputarnos la victoria. Defendámonos del furor de los tiranos, la vida de nuestros hijos, el honor de nuestras esposas, el suelo de la patria; mostrémosle nuestra omnipotencia. En esta jornada que va a ser memorable, ni aún podemos optar entre vencer o morir: ¡necesario es vencer! ¡Viva la República!”.

La batalla duró interminables horas y fue enfocada básicamente hacia una estrategia de resistencia, hasta que finalmente llegaron los refuerzos de Vicente Campo Elías, que dieron la estocada final a las tropas realistas en la Batalla de la Victoria. Al final, alcanzaron la victoria, como el nombre de la ciudad donde les tocó librar tan dura y desigual lucha.

Pero la Batalla de la Victoria no ha sido la única demostración de la valentía y el arrojo de la juventud venezolana. En los tempranos años del siglo pasado, un grupo de muchachos se organizó en centros estudiantiles y de la mano de Pío Tamayo, y comienzan a participar en diferentes actos culturales, que derivan en un movimiento que se enfrentó a Juan Vicente Gómez, por reivindicaciones par los estudiantes en particular y para los venezolanos en general.

De esa generación saldrían notables hombres históricos de la política venezolana, como Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Miguel Otero Silva, Raúl Leoni y Juan Bautista Fuenmayor, entre otros. Este momento histórico fue conocido como La Generación del 28, en referencia al año en el cual irrumpieron en la vida pública, desde sus aulas de la Universidad Central de Venezuela.

Siempre es bueno mirar hacia atrás para constatar, entre otras cosas, que es la juventud la que suele marcar las transiciones entre etapas históricas que, así como en Venezuela los jóvenes han sido parteaguas de etapas y procesos, lo han sido también en toda la historia y en todo el mundo.

Si bien estamos en un siglo muy joven aún, ya una juventud estudiosa venezolana se perfila como motivo de orgullo para nuestra tierra, cuando conocemos de noticias como que el joven venezolano Rodolfo Barráez recibió el Premio Internacional de Dirección de Orquesta Ofunam 2018 en el Centro Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tras competir con otros internacionales de altísimo desempeño.

O que los arquitectos venezolanos Gabriel Visconti y Marcos Coronel hayan sido galardonados con el premio Joven Arquitecto de Latinoamérica en la décimo sexta Muestra de Arquitectura de Venecia, en Italia. O que jóvenes venezolanos estudiantes de la UCAB Y la USB hayan sido reconocidos con el primer y segundo lugar por la Universidad de Harvard con los premios Modelo de Naciones Unidas a Mejor Delegación y Mejor Delegación Internacional.

Desde un siglo XXI donde las armas son el conocimiento y la educación, permanecemos expectantes, sabiendo que nuestra juventud está abocada a construir el país que merecemos. No los dejemos solos y trabajemos con ellos, para hacer posible lo que deseamos como nación.

David Uzcátegui
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viernes, 8 de febrero de 2019

De nada sirve a una nación tener una colección de próceres, si esta no inspira a sus ciudadanos a buscar el mayor bien posible para el país aquí y ahora. Los venezolanos ciertamente somos muy afortunados en ese sentido, ya que hemos tenido hombres ejemplares en nuestra historia, aunque el pedestal de gloria evita que los sintamos cercanos y nuestros, como debería ser.

En esta oportunidad compartimos esta reflexión a propósito de Antonio José de Sucre, conocido como El Gran Mariscal de Ayacucho. Y nos vino a la memoria porque hace pocos días celebramos un nuevo aniversario de su natalicio, acontecimiento fechado el 3 de febrero de 1795.

Fue hijo de una familia pudiente y con arraigada tradición militar, lo cual hizo que su destino pareciera estar escrito en el ejército. Su madre falleció cuando él tenía siete años y se enroló en una academia militar. Allí aprendió matemáticas y artillería, además de valores como la lealtad y la disciplina, que le servirían para los exigentes compromisos que le esperaban en su vida.

En las páginas de nuestra historia está retratado quizá como el más humano de nuestros próceres. El de mayor bonhomía y el más transparente en su sentir; sin que por ello dejara de tener el empuje y la determinación ejemplares que le permitieran jugar un papel determinante, no solamente en la Independencia venezolana, sino en la de otras naciones.

Sucre fue uno de los héroes de la independencia latinoamericana más alabados y queridos. Se destacó como militar en las diversas victorias que logró en los campos de batalla, evidenciando su talento natural para dirigir tropas.

De esta manera consiguió triunfos esenciales para liberar al continente del dominio español, siendo la Batalla de Ayacucho su mayor victoria bélica. Como político ejerció la presidencia de Bolivia y se preocupó por los servicios públicos y el correcto funcionamiento del gobierno.

Fue riguroso en el cumplimiento de las penas por crímenes o hechos de corrupción, pero también se dice que fue piadoso y justo con los vencidos.

Adicionalmente, propició causas relacionadas con la abolición de la esclavitud y un trato más humano hacia los indígenas. Por si fuera poco, resaltó como diplomático a la hora de participar activamente en el Armisticio de 1820. Fue, en resumen, una de las figuras más completas de la época independentista de nuestra América.

Como lo expresa muy acertadamente el historiador Tomás Polanco Alcántara, "el símbolo de la continuidad de Bolívar era Antonio José de Sucre. Paulatinamente, por su talento personal, por sus dotes intelectuales y por su espíritu altivo, digno y limpio, Sucre se fue convirtiendo en el complemento indispensable de Simón Bolívar. Respetado por los argentinos, los chilenos y los peruanos, admirado por los bolivianos y quiteños, sin enemigos en Venezuela y en la Nueva Granada y con todos sus antecedentes, Sucre estaba destinado a ser el natural sucesor de Bolívar".

Y quizá su mejor característica fue el desprendimiento. Supo entregar el poder cuando la circunstancia lo obligó a hacerlo, como también –según los historiadores– lo supo ejercer con el carácter necesario. No se apegó a él ni mucho menos a abusar del mismo. Desde lo que sabemos, lo utilizó como instrumento de bien hasta donde pudo, hasta donde las mezquindades humanas se lo permitieron.

Movió con genio las piezas de la guerra, aunque lo que nos llega de él nos lo pinta como un hombre de paz. Suponemos que no le debe haber sido fácil transitar por esos cruentos caminos; pero al verse en la circunstancia cumplió el compromiso de manera ejemplar.

Otra de sus características fue la fidelidad inquebrantable a Simón Bolívar, más allá de los numerosos momentos adversos que debieron enfrentar ambos. Incluso, después de sus logros en la guerra de independencia, tuvieron que afrontar los reveses que todos ya conocemos como historia. Pero eso no impidió que permanecieran en la misma trinchera, trabajando por lo que consideraban el mejor destino para nuestras naciones, hasta el final.

A principios de 1830, cuando ya era evidente que se desintegraría, la Gran Colombia convocó en Bogotá el que sería su último congreso. Tras hacer acto de presencia en el lugar, Sucre salió de Bogotá camino de Quito.

En una emboscada en Berruecos, fue asesinado el 4 de junio de 1830. Se le atribuye su muerte a José María Obando, jefe militar de la provincia de Pasto. Al escuchar las noticias de su muerte Bolívar dijo: "Lo han matado porque era mi sucesor".

No somos amigos de glorificar a seres humanos, por más hazañas que hayan completado; sin embargo, la figura de Sucre merece una revisión de su vida. Y sí, hay que valorarla más por su tenacidad, por la adversidad de su momento histórico y por haberse impuesto a las enormes pruebas que enfrentó.

David Uzcátegui
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viernes, 1 de febrero de 2019

El 2 de febrero de 1999, un país creyó. Tomó posesión de la Presidencia de la República un hombre que había prometido demoler los cimientos de una nación para reconstruirla de manera nueva, de una forma que sedujo a la mayoría de quienes fueron a votar; mientras provocó reservas en no pocos.

Hugo Rafael Chávez Frías caracterizó su campaña electoral con el tremendismo de su discurso, sacudiendo así a un país que estaba cansado de un círculo vicioso que no sabía ir más allá en los requerimientos de la ciudadanía.

Pero lo que vendría, ¿era mejor o peor? Era la pregunta que muchos se hacían y que fomentaba dudas en los primeros tiempos del nuevo mandatario. Y la mayoría optó por creer, estrenándose el nuevo funcionario con una popularidad que rondaba el 80%

Se dice que una de las mayores virtudes de Hugo Chávez fue incluir a los venezolanos más desposeídos. Sin embargo, también cabe preguntarse en qué los incluyó. Porque ciertamente lo hizo en su discurso y los volvió eje del mismo.

Sin embargo, al día de hoy, son justamente ellos, por quienes decía trabajar, las víctimas que mas han sufrido y que más sufren los numerosos desaciertos en la administración del país.

Quizá el mayor de todos los errores del chavismo fue continuar adelante con la perniciosa dependencia del petróleo para sustentar a toda una nación. Y no solamente continuaron con esa garrafal equivocación histórica, tantas veces cuestionada por intelectos sobresalientes como los de Arturo Uslar Pietri y Juan Pablo Pérez Alfonso. Más allá, sencillamente se confió el proyecto político en esta característica de nuestro país. Y por ello, la convirtieron en la única tabla de salvación.

Y es que las utopías y los idealismos se enfrentan con una cruel realidad cuando se toma el poder: se necesita dinero. El chavismo lució viable mientras los precios del petróleo se mantuvieron astronómicamente altos. Con el barril por encima de los cien dólares, hubo dinero para todo, absolutamente para todo, y aún sobraba.

Este fue el espejismo con el cual el chavismo cerró su primera década y arribó a la segunda: sí era posible la “revolución bonita”. Era viable, había dinero en la calle, como se acostumbraba a decir. Y vendía una imagen de éxito ante el mundo.

Pero fue un dinero tremendamente mal administrado. No se invirtió. No se pensó en educación, en futuro, en recurso humano, que es la riqueza real de un país.

No se ahorró, como han hecho prudentemente países de la talla de Noruega, que descubrió su petróleo mucho después que nosotros y hoy es un país estable, donde a sus ciudadanos no les falta lo necesario. Y lo es porque el dinero proveniente de la riqueza petrolera se ahorró y se invirtió.

Los recursos que ingresan por este concepto se han manejado con tal tino, que las altas y bajas en el mercado mundial no son sentidas por sus ciudadanos. Aquella riqueza se manejó tan acertadamente que ahora brinda prosperidad y bienestar por sí misma.

Y ahora que hablamos de industria petrolera, otro desatino fue sin duda el prescindir de la gente calificada para manejarla. El ponerla en manos de personas que tuvieran afinidades políticas e ideológicas, marcó el declive de la industria petrolera venezolana. Y si se pretendía jugar a la viabilidad de la revolución contando con el recurso suministrado por Petróleos de Venezuela, una decisión así era doblemente suicida. Algo que solamente podemos medir a la luz de las dos décadas que han transcurrido.

En paralelo, el apetito de poder fue tal, que no se quiso compartir con nadie. Otro error que torpedeó a Venezuela como país. La iniciativa particular se estigmatizó, cortando las alas a la industria privada. El Estado se hizo omnipotente y pretendió abrogarse para sí todas las responsabilidades, en un ejercicio de prepotencia que tarde o temprano se iba a volver contra él mismo.

Y es que un país se construye entre todos, entre muchos, en equipo. Pero esto jamás se entendió.

El mismo recurso petrolero que iba a servir para cimentar ese proyecto ideológico, sirvió para un juego perverso: importar bienes de consumo subsidiados, a precio que dejara a los productores particulares fuera de competencia.

Con la empresa privada fuera de juego, no era difícil predecir lo que sucedería cuando los precios del petróleo se desplomaran, algo que siempre va a suceder, por los ciclos naturales de ese mercado. Y sucedió. Nos quedamos sin importaciones y ya no había industria nacional.

La revisión de lo que han sido estas dos décadas de un polémico proyecto político llevado a la realidad, podría llenar páginas y páginas, pero baste decir que, para incluir a unos, no es necesario excluir a otros. Que la soberbia siempre es mala consejera. Y que todo líder político responsable debe sacar bien sus números.

David Uzcátegui
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